Desde hace poco más de siglo y medio, cada 20 de
Enero a las cinco de la tarde, los Canileros celebran a su
copatrón, San Sebastián, cumpliendo con la costumbre de
"robar el santo". El rito se repite anualmente ante la
expectación de los vecinos que abarrotan la plaza de la iglesia.
Los nuevos ladrones, que han de cumplir como única
condición ser Canileros o hijos de Canileros, intentarán
arrebatar la pequeña cruz que es llevada por los hermanos viejos
al inicio de la procesión de los patrones San Sebastián y
San Antonio.
La lucha por su
posesión cesará cuando la cruz se alce por encima de las
cabezas de quienes la disputan al grito de ¡Viva San
Sebastián!, ! Vivan los hermanos nuevos! , sólo entonces
se considerará que el santo está oficialmente robado. El
robo puede durar largos minutos o no realizarse, ocurrir a las puertas
de la iglesia o en cualquier punto del recorrido procesional, todo
dependerá del número de personas que estén
dispuestas a correr con los gastos del las fiestas del año
siguiente.
El origen de la
advocación a San Sebastián por parte de los Canileros se
remonta al siglo XVI. Don Juan de Austria, vencedor de los moriscos
sublevados en el antiguo reino de Granada, era un conocido devoto del
santo, paradigma del mártir y del soldado.
La presencia del hijo
bastardo de Carlos I por nuestras tierras quizá sea la
única explicación posible a la extraña
coincidencia de que figure como patrón de tantos pueblos de
Andalucía Oriental.
Pero la costumbre de
"robarlo" en Caniles es muy posterior, aún no ha cumplido los
200 años. Cuenta la tradición que durante una de las
muchas epidemias que el pueblo padeció en el siglo pasado, tanto
los habitantes de la calle donde se ubica la ermita del santo como los
que vivían en el barrio de su mismo nombre no sufrían los
estragos del cólera con tanta violencia.
Fue así que
los vecinos de las otras calles, creyendo que era San Sebastián
quien los protegía, -se le ha considerado siempre como el
protector contra la peste y las epidemias- rivalizaron por la
posesión de su imagen. Todo esto dio lugar a que la discordia se
propagara entre los diferentes barrios que no deseaban verse
desamparados y expuestos a la enfermedad.
Nada se sabe acerca
de como terminó el incidente, aunque lo cierto es que el suceso
debió conmover profundamente al vecindario para que lo
considerasen tan digno de recordarse en años sucesivos que, con
el tiempo, acabó convirtiéndose en una tradición
que el pueblo de Caniles renueva cada 20 de enero.